19 noviembre 2006

Horizonte Eléctrico

surf¡Recórcholis! He pasado un largo tiempo sin escribir por estos lares. A buen seguro muchos de mis lectores habrán estado preguntándose angustiados “¿por qué? ¿por qué?”, tal vez incluso presas de la desesperación hayan acudido al sánscrito o al arameo, clamando con lágrimas en los ojos “Eloi, Eloi, lama sabachtaní”…

Bueno, que cesen los lloros y los lamentos, porque aquí estoy de nuevo, dispuesto a deleitaros con el relato de mis aventuras.
Debo reconocer que me avergüenza un tanto el motivo de mi prolongada ausencia, y eso que no soy un tipo que se avergüence fácilmente. Esto me trae a la memoria uno de los momentos más bochornosos de mi vida, fue el día que fuimos a una playa nudista. Pero no, no fue la exhibición impúdica de mis genitales lo que provocó el sofoco. Es que resulta que realizamos el trayecto hasta la playa en un twingo. ¡Qué vergüenza pasé en la carretera hasta que me confeccioné una capucha con las alfombrillas!
Pero bueno, el motivo de mi larga ausencia ha sido que he estado, como dirían los Clash, “trabajando para el sistema”. En concreto he estado trabajando para la industria cinematográfica en la elaboración del guión del remake de “Mar Adentro”. Os adelanto aquí, en primicia exclusiva, un adelanto del argumento de “Mar Adentro – The Action Movie”.

La película empieza con unas vistas aéreas de unos acantilados gallegos, mientras de fondo suena una versión de “Cucurrucú Paloma” interpretada por Santa Justa Klan. Al principio sólo se ven acantilados poblados de frondosa vegetación verde que se yerguen sobre azules aguas cristalinas. Pero conforme avanzan los títulos de crédito, el paisaje se va volviendo cada vez más sombrío, las aguas cada vez son más negras, la vegetación más mustia, y el graznido de las gaviotas más triste. Por fin los títulos terminan con una imagen de la proa del Prestige hundiéndose lentamente frente a las costas gallegas, y después con una vistosa cortinilla de estrella vemos a Javier Bardem trabajando de voluntario limpiando las costas gallegas de chapapote.
Javier interpreta a un ex militar que tras combatir en el islote de Perejil y conocer los horrores de la guerra, a decidido dedicar su vida a las ong’s. Pero Federico Trillo, su superior durante la guerra como ministro de defensa, le convoca para una misión secreta. Bardem se reúne en secreto con Trillo y Zaplana, aunque en principio es reacio a volver a combatir.
-No podéis pedirme que vuelva después de lo que pasó en Perejil. ¿Sabéis cuantas cabras inocentes perdieron la vida en la contienda?
-Eran cabras sandinistas –dice Trillo.
-Trillooo… que no eran sandinistas, que eran islamistas –le corrige Zaplana.
-Manda huevos –farfulla Trillo.
-Aun así, sus balidos angustiados todavía me persiguen por las noches.
(En este punto se intercala un flashback con unos planos de Bardem semidesnudo y empapado en sudor revolviéndose en la cama presa de las pesadillas, esto hará aumentar la audiencia femenina en un ciento por ciento).
-Zaplana, cuéntale lo de la cacería de bragas –dice Trillo.
-La cacería de Fraga, Trillo, de Fraga.
-Manda huevos –musita Trillo.
-Escucha Bardem, cuando ocurrió lo del Prestige, nuestro gran líder Fraga Iribarne no estaba de cacería –relata Zaplana -, bueno sí que estaba de caceria…
-Pero no cazando bragas –puntualiza Trillo.
-No. Cazando etarras. Localizamos un zulo y valerosamente Fraga los exterminó como a cucarachas, pero antes de liquidar al último le hizo confesar que fue ETA realmente quien hundió el Prestige.
-¡Diooos! –solloza Bardem.
-Pero eso no es todo, ¿has oído hablar del ácido fólico?
-¿Ácido fólico?
-Tiene multitud de usos. Entre ellos es un potente detergente. Pero también se emplea para elaborar explosivos. Bien, un petrolero cargado de ácido fólico se acerca a nuestras costas, con él se podría limpiar todo el chapapote. Pero hemos descubierto que los psocialistas van a entregárselo a los etarras para fabricar bombas…
-¡Debemos evitarlo! –grita Bardem -¡Contad conmigo!

En la siguiente escena un petrolero tripulado por modernos piratas es abordado por lanchas patrulleras y helicópteros. Bardem salta desde un helicóptero en marcha y masacra innumerables bandidos hasta hacerse con el mando de la nave. Cuando ya controlan el petrolero, llega un helicóptero de la cruz roja con una oficial de los cascos azules que gasta un chiste de humor negro.
Resulta que la oficial es Belén Rueda, antigua novia de Bardem
-De todos los petroleros del mundo tenías que escoger este… -musita Bardem al verla, y al poco están en el catre, mientras suena la sintonía de Santa Justa Klan “A toda mecha”.
Cuando acaban con el tema (y también el tema musical), Bardem se dispone a lanzar el preservativo usado por el retrete de su camarote.
-¡Detente! –le grita Belén Rueda –si lo tiras por ahí va a parar al mar y una foquita podría tragárselo y morir atragantada… o de asco.
-Tienes razón, buscaré un punto de reciclaje de plástico y lo tiraré allí.

Así, Bardem, con una toalla anudada a la cintura recorre el barco en busca de un punto de recogida de plásticos. Buscando, buscando llega a la bodega de carga la abre y… ¡en lugar de ácido fólico el barco transporta innumerables cajetillas de Winston americano!
-¡Nooooo! –el grito de Bardem resuena en toda la bodega de carga, lo cual atrae a Trillo y Zaplana.
-¡Indeseables! –brama Bardem -¡El tabaco mata!
-Puede ser, pero el contrabando de tabaco produce dinero negro que al blanquearse mantiene nuestras compañías constructoras, y precisamente tenemos un ambicioso plan para trasladar Terra Mítica a Galicia… -le explica Zaplana a la vez que saca un arma de la sobaquera.
-Lo siento, nunca deberías haber visto esto…
¡Bang! Y un fundido en negro. Zaplana ha disparado a Bardem. Mientras se desvanece, Bardem todavía alcanza a oír “Trillo, tíralo al mar”.
Pero cuando lo tiran por la borda, Belén Rueda que estaba asomada por la escotilla de su camarote viendo el atardecer los ve y se lanza desnuda como está a las aguas para rescatarlo (va desnuda pero sólo se la ve de espaldas porque en realidad es una doble con el culito más respingón, la audiencia masculina aumenta un tropocientos por ciento).

Ha pasado un tiempo y Bardem está inválido en una cama de hospital, mientras Belén le cuida. Belén consiguió llevar a Bardem inconsciente hasta la costa, gracias a las fuerzas que le dan su alimentación a base de bebidas de soja y viven en un pequeño pueblo, escondidos de Trillo y Zaplana que creen que ambos han muerto en alta mar, devorados por los tiburones.
A todo esto hay una subtrama muy divertida y de mucha risa en la que el ex-cuñado de Belén, interpretado por Jesús Bonilla quiere ligarse a la profesora de religión de la escuela y para hacerlo debe hacerse pasar por peluquero gay.
Pero cuando Bonilla va a visitarlos para presentarles a la profesora de religión, como ella es un poco marimacho y él todavía va disfrazado de peluquero gay, les sigue un concejal del PP que cree que van a realizar una boda transexual. El concejal descubre entonces a Bardem y Rueda y avisa a Trillo y Zaplana que no tardan en aparecer en la habitación del hospital armados con metralletas. Bonilla consigue escapar disfrazado de mujer, y la profesora de religión de estriper, el concejal del PP sigue a Bonilla para pedirle que se case con él.
Trillo y Zaplana apuntan al desvalido Bardem y descargan los cargadores de sus metralletas sobre él. Pero en el último instante la doble de Belén Rueda se lanza en plancha y se interpone en la trayectoria de las balas. Belén vuelve a ocupar su lugar en el rodaje y la doble espera a que tengan que volver a rodar algún plano de acción o del culo.Zaplana está furioso y se dispone a descargar la última bala de su cargador en la frente de Rueda, por haber evitado que mataran a Bardem. Pero furioso, Bardem reune fuerzas y vence a la adversidad, se levanta con un rugido salvaje y con un salto felino se lanza sobre Zaplana, arrebatándole el arma. Tras un intenso forcejeo, Bardem acaba con Trillo y Zaplana y con sus problemas de salud. Pero ahora es Belén la que ha quedado inválida, aunque hay un tratamiento que podría curarla, una fórmula secreta en un laboratorio de un científico loco, que Bonilla podría robar haciéndose pasar por monjita, pero eso forma parte de la secuela: “Más Adentro”.

19 febrero 2006

Superávit

hemorroidbrosMientras nos dirigíamos en el Megane a la sucursal del BaBasBank, les expuse un sucinto resumen de lo acontecido a los muchachos.

-Pero, entonces –preguntó Aurelio intrigado -, ¿quién se la chupaba a quién?
-Pues la verdad es que se me olvidó preguntárselo.

No me pegaron muy fuerte las collejas porque era yo quien conducía. De cualquier manera, no tardamos en llegar a la sucursal bancaria. Aparqué sobre la acera, frente un paso de peatones y junto a una señal de prohibido aparcar y nos apeamos del Megane.

-Yo voy a entrar por la entrada de empleados, chicos –dijo Aurelio a la par que levantaba una tapa de alcantarilla del suelo -, nos vemos dentro –. Y con estas palabras descendió por la escalerilla de mano y oímos sus pasos alejarse chapoteando en el lodo fecal.

-Vale –dije -, Gómez y Gámez, vosotros esperad en el coche con el motor en marcha. James y yo entraremos a cobrar el cheque.
-¿Por qué lo del motor en marcha? –preguntaron suspicaces los ex guardia civiles.
-Je, manías mías. Dicen que es recomendable para que no se joda la junta de la trócola.

Al llegar a la puerta de la sucursal, nos encontramos con que a un lado de la puerta habían plantado un segurata y en el otro habían erigido un pequeño atril tras el cual una eficiente azafata nos sonreía.
-La entrada son tres euros.
-¿Eini? ¿Ahora hay que pagar entrada para pasar?
-Pregunta si dan consumición –me dijo James tirándome de la manga.
-Bueno, naturalmente las entidades bancarias generan algunos gastos de gestión que se deben amortizar. Comprenderá que es lógico que si va a entrar a hacernos gastar nuestro valioso tiempo, que podíamos estar ocupando en inversiones y cotizaciones, con sus chorradas de clientucho, algún beneficio económico deberá revertir a la sucursal.
-El negro es ciego –dije rascándome el bolsillo -. ¿Pagará entrada infantil, no?
-El BaBasBank se jacta de invertir una calculada suma de dinero que se deduce de su pago de impuestos en planes de integración de minusvalidos y drogadictos y su nutrida red de cajeros les sirve de alojamiento nocturno. Por tanto no consideramos necesario restituir parte del importe de la entrada en el momento de realizar el pago. Sepa no obstante que un porcentaje accesorio del precio de su entrada será destinado a salvar el Amazonas y cosas de esas de jipis.
-¡Cagontó!

Entramos y tras cuarenta y cinco minutos de cola nos tocó el turno en la taquilla de caja.
Mientras le entregaba la cartilla a la chica de caja, me fijé en una nota informativa pegada con fixo en el mostrador que advertía de que las operaciones realizadas entre las once y las doce de la mañana serían penalizadas con una comisión extra por ser realizadas durante la hora del bocadillo.
-¿Qué hora es? –pregunté a la oficinista.
-Son las trece horas, cuarenta y siete minutos. Le informo de que debo de cobrarle treinta céntimos de su cuenta por facilitarle la hora. Ah! Y otros treinta por informarle de que le he cobrado por decirle la hora –me contestó a la par que tecleaba en su terminal las ordenes correspondientes.
-¿No nos cobras por informarnos de que nos has cobrado por informarnos de que nos informabas de que nos cobrabas por darnos la hora? …o como sea –dijo James, que al ser ciego no pudo observar mi mirada fulminante, por lo cual le obsequié con un enérgico pisotón.
-Oiga, usted debe ser diplomado en finanzas o algo así, ¿no? –le respondió la empleada, entre maravillada y sorprendida –Creo que debo consultárselo al director de la sucursal. Y permítame decirle que admiro en demasía sus dotes para las finanzas y su mente preclara para el mercantilismo –. La cara de James reflejaba tanto la ufana satisfacción por haber impresionado a la titi de caja, como el dolor por el pisotón recibido.

En ese momento se abrió la puerta del despacho del director y apareció Aurelio, que a pesar de haberse cambiado la camiseta por otra con el lema en el pecho de: “La pela es la pela” (más tarde pude apreciar que en la espalda lucía otro complementario que rezaba “…y a mi me la pela”), seguía llevando los zapatos y el bajo de los pantalones embarrados por su paso por las cloacas.
-Deja, deja, son clientes VIP. No se lo cobraremos… por esta vez.

Aurelio nos entregó a cada uno un boli y un mechero de plástico con el logotipo del banco y, lo que es más importante, un tercio de cerveza. Y pegándole un buen trago a su propio botellín, le dijo a la cajera –Nena, prepárale al señor Animal el importe de su cheque. Apartando mi comisión, claro –especificó guiñándole un ojo.
Y dirigiéndose al resto de la gente que hacía cola detrás de nosotros, dijo haciendo aspavientos con las manos –Esta caja y por ende la sucursal están cerradas, hagan el favor de salir y volver mañana. El importe de la entrada no será devuelto, tal y como consta en la letra microscópica impresa en tinta invisible en el canto de la entrada –añadió –. Y deprisita que en cinco minutos soltamos a los perros –dijo haciendo chascar los dedos.

Mientras la cajera iba depositando los montones de billetes frente a nosotros, la mayoría de los clientes fueron saliendo con aire compungido. Cuando tuvimos todo el dinero metido en bolsas (del pryca, pues no tuvimos la ocurrencia de agenciarnos un maletín), sólo quedaba un cliente rezagado, un tipo alto cubierto con una gabardina y un sombrero.
-Ala, ala, vaya saliendo –le dijo Aurelio dirigiéndose hacía él -, que vamos a cerrar y quiero echarme una siestecita sobre el mostrador.
De pronto, el tipo sacó una escopeta de cañones recortados que tenía oculta en la gabardina, y con la culata le pegó un tremendo golpe a Aurelio en la sien, el cual fue a parar al suelo.
-¡Todo el mundo al suelo, que esto es un atraco! –dijo el atacante disparando un tiro al aire. Una nube de pintura y escayola cubrió al atracador al desmenuzarse el techo a causa del impacto balístico. Con un gesto elegante, se despojó del sombrero y se ofreció a nuestra vista un inmaculado pelo engominado. No tardé en reconocer esa mirada acerada, esa nariz aguileña y esa barbilla preponderante.
-¡Coño! –exclamé -¡El Mario Conde!

10 febrero 2006

Consumo Responsable

nometratescomoauntontoEn menos tiempo del que se tarda en pronunciar “esternocleidomastoideo” (también llamado músculo de la mirada patética, pues es flexor, inclinador y rotatorio de la cabeza) ya había llamado a del Oso, y toda lo trouppe no tardó en presentarse con la fragoneta y el Megane frente a la devastada peluquería.
Tras pronunciar un corto réquiem por la fugaz alma de pincitas (“con dios macuesto con dios me levanto y nosequé nosecuantos del espíritu santo”), Papá Noel nos guió hasta el callejón trasero, donde tenía aparcado un moderno monovolumen rosa con todos los regalos de navidad. Mientras Marie Claire y Melitina, supervisadas por Papá Noel, traspasaban el contenido del monovolumen a la fragoneta; James, Aurelio, Gómez y Gámez y yo tomábamos unas coca colas fresquitas sentados en el Megane mientras escuchábamos el Aftermath de los Stones.

-Es una putada que nuestro feminismo recalcitrante nos impida ayudar a las chicas a cargar y descargar los regalos –dijo Gámez, a la par que para dar un toque navideño trataba de colgarse un par de bolas de navidad de los aros de los pezones.
-Fijo –corroboró Gómez -. Oye, Animal, tú que tienes tanta labia y tanto poder de persuasión; tienes que sonsacarle al Papá Noel el secreto de los polvos mágicos.
-¿Ein? Qué ya os he dicho que yo paso de drogas, que lo del ácido lisérgico me lo ha recetado el médico para la próstata.
-¡Qué no, coño! ¡Los polvos mágicos para que los renos vuelen!
-¿Lo cualo?
-Mira la pegatina de la botella de coca cola.

Miré la pegatina y tras comprobar en la lista de ingredientes que estaba consumiendo todos los conservantes, colorantes y acidulzantes recomendados por la UNESCO; me fijé en que la pegatina venía adornada con un dibujito de Papá Noel (el gordo, barbudo y rojivestido de toda la vida) volando montado en su trineo y que de los cascos de los renos parecía salir una estela de polvo brillante.
-¿Lo ves? –dijo Gómez señalando –Es como Campanilla, el hada de Peter Pan: les espolvorea unos polvos mágicos para que puedan volar.
-Como científico de renombre –dijo la cabeza de del Oso desde el salpicadero del coche -, le otorgo a esa teoría un nivel de veracidad del 80%, a medio camino entre la existencia del Yeti y la del orgasmo femenino.
-Imagínate lo que podríamos hacer con ese polvo –dijo Gómez -. Podríamos reclutar un coro de chicas de todas las razas que cantaran desnudas el “Give peace a chance” mientras forman el símbolo de la paz en el cielo.
-¿”Give piss a chance” desde el cielo? –dije asqueado -¿tiene algo que ver con la lluvia dorada?

Pero bueno, no era eso lo importante; realmente estaría guay conseguir unos polvos mágicos para poder volar, así que me acerqué como si nada a Papá Noel.
-Oye, quería tratar contigo un asunto algo delicado…
-Jojojo, ¿estás preocupado por tus regalos porque sabes que Papá Noel lo ve todo? Tranquilo, la masturbación compulsiva no está en la lista de malas acciones por las que te puedes quedar sin regalos, aunque me extraña que no se te haya secado la médula espinal, ni te hayas quedado ciego, jojojo.
-No, verás, es sobre los polvos de los renos.
-¿¡Cómo!? –dijo enrojeciendo como un tomate.
-Sí, los polvos que les echas a los renos.
-¿Qué sabes tú de eso? –me preguntó angustiado.
-¡Todo! ¡Lo sé todo! –dije faroleando como un tahúr con un comodín escondido en el relleno de la bragueta.
-Juro solemnemente que no he mantenido relaciones sexuales con esos renos –profirió petulante hinchando el pecho y mostrando la palma de la mano derecha.
-¿Seguro? –le inquirí con una mirada ladina –Pues en el Megane hay un par de guardias civiles que han tenido acceso a los ficheros secretos del servicio de investigación paranormal y tenemos fotos comprometedoras. Además, se supone que Papá Noel por muy metrosexual que se haya vuelto no puede mentir.
-Bueno, bueno, jojojo. Lo que quería decir es que yo, al igual que Bill Clinton, no considero el sexo oral, auténtico sexo. O sea, si no es para procrear, digamos que el único pecadillo sería verter unas semillitas, ¿no? Mira hacemos una cosa, quedaros con todos los regalos y olvidamos el asuntillo ¿te parece?
-Los regalos, ¿eh? Es que ¿sabes?, los tente de hoy en día cada vez llevan menos piezas, y ya comprobé de pequeño que la Barbie no tiene nada debajo de las bragas, así que mejor me extiendes un cheque al portador.

Al minuto me encontraba pegando saltos de alegría, blandiendo un cheque por una considerable suma de dinero en la mano.
-¡Chicas! ¡Descargad los regalos de la fragoneta y volved a cargarlos en el monovolumen! ¡Nosotros tenemos que ir a ingresar un cheque al banco!

23 diciembre 2005

Navidad Metrosexual

amotoDe pequeño, en el colegio nos enseñaron a plantar un haba entre algodones en un botecito. Luego, en el instituto, ojeé innumerables libros de biología buscando láminas anatómicas del cuerpo humano, especialmente del femenino. Con este amplio bagaje de conocimientos de biología, me fue fácil deducir lo que había pasado: el ADN de mi cabello, con el que los pérfidos Zaplana y Trillo pretendían clonarme, se había combinado con el de un piojo de mis greñas, dando como resultado un monstruo de dos metros de alto por dos de ancho, con la fuerza proporcional de un piojo y mi inteligencia. ¡Había nacido una súper raza!
El bicho destrozó el tanque de clonación, salpicando todo el improvisado laboratorio (en una peluquería de caballeros) del viscoso caldo verde en el que se había gestado.
Trillo y Zaplana gritaron asustados.
-Rápido –dijo Trillo -, ¡al coleóptero!
-Se dice helicóptero, Trillo –le corrigió Zaplana.
-Manda huevos –murmuró como respuesta, a la par que sacando un intercomunicador del bolsillo de la americana daba orden de que el helicóptero los recogiera frente a la peluquería.
Tan rápido se escabulleron que olvidaron desatarme del sillón de peluquería.

El superpiojo se plantó frente a mí, babeando y abriendo y cerrando sus terribles pinzas.
-Hola, pediculito bonito –le dije tratando de amansarlo -. Creo que te llamaré Pincitas.
-Pincitas hambre –contestó el engendro, pasándome una lengua viscosa por mi recién rapado cráneo. ¡Pensaba chuparme la sangre de la cabeza igual que lo hacen los piojos!

Mientras tanto, en la calle un helicóptero se posaba el tiempo justo para que Trillo y Zaplana se subieran a él. En el momento de volver a elevar el vuelo, el piloto se asomó por la ventanilla y mostrándome el dedo medio en un inequívoco gesto, me gritó:
-Ahí te quedas, ¡bobo solemne!
Fue entonces cuando pude reconocer que ¡el piloto era ni más ni menos que Mariano Rajoy!

El piojo estaba a punto de hincarme el diente, y yo me encontraba atado de pies y manos.
-¡Un momento, Pincitas! –le chillé –Ya no eres un simple piojo, eres un superpiojo, tienes una parte humana. ¿Sabes lo que eso significa?
-¿Pincitas alma? –preguntó aturdido.
-Errr… ¡Sí! Y lo más importante, eres un ser civilizado, ya no puedes comer cualquier cosa. ¿No crees que la sangre de mi cerebro estaría mucho más buena con un buen chorrito de tabasco?
-Pincitas gusta tabasco.
-¿Sí? Pues ahí tienes un frasco –le dije señalando con la nariz una botella de una de las baldas de la peluquería.

Pincitas agarró el frasco con una de sus pinzas y vertió el contenido sobre mi cabeza.
-Pincitas agradecer alimentos recibidos –dijo antes de pegar el primer lametón a mi cráneo. Definitivamente aquel monstruo estaba algo tarado.
-¡¡¡UUUAAARGH!!!
Pincitas soltó un alarido abominable al probar el aderezo, ¡se trataba de filvit champú! El clásico remedio contra los piojos. Ahora si que estaba cabreado.
Pincitas se disponía a cercenar mi cuello con sus poderosas pinzas, cuando el helicóptero pilotado por Rajoy, que apenas se había elevado unos pocos metros, ¡se precipitó al suelo!
El aparato cayó y se esclafó como una fruta excesivamente madura, lanzando despedidas innumerables piezas. Con tal suerte que una de las aspas del autogiro atravesó la cristalera del local y ensartó a Pincitas como una brocheta.
-¡Argh! –sollozó el bicho –Muero. Por lo menos Pincitas vida plena. Pincitas vivir rápido, Pincitas bonito cadáver –y con este conmovedor epitafio, cayó de espaldas y literal (y figurativamente) estiró la pata.

En la calle se oyó un frenazo. Un coche conducido por los tipos de Seguridad Nacional se detuvo junto a los restos del helicóptero y ayudaron a salir de los escombros a Trillo, Zaplana y Rajoy.
-Ha sido el terrorismo sandinista, digo… islamista –farfullaba Trillo –Manda huevos.

Ninguno de los tres parecía herido grave, excepto Rajoy, que parecía haberse roto el dedito con el que tan amablemente me había saludado hacía un rato. ¡Se lo tenía bien merecido!
-Caca culo pedo pis –exclamó Rajoy en una muestra más de su dialéctica temible.
Los cinco se subieron al coche y salieron pitando. Me quede sólo, atado a un sillón de peluquería, y con el cadáver de un mutante a mis pies y me invadió una extraña melancolía, o tal vez los efluvios del filvit champú que me chorreaba por la cara me estaban colocando.

La campanilla de la puerta sonó, volví la cabeza y pude ver que un anciano entraba en el local. Aquel tipo debía rondar los noventa años, sin embargo se mantenía en forma, su cuerpo robusto y musculoso, sin un ápice de grasa, se notaba que había sido modelado al cincuenta por ciento en un gimnasio y el otro cincuenta en una clínica de estética.
Una sonrisa bonachona se dibujaba en su cara, liftada y bronceada por rayos uva. Iba embriagadoramente perfumado y repeinado, vestido con llamativa ropa de marca, con pendientes de brillantes y tatuajes tribales en los antebrazos.

-Pero hombre, ¿qué hace atado a una silla? –dijo a la par que abría los cierres de las argollas de mis muñecas y tobillos –Los niños malos se quedan sin juguetes, jojojo.
-Sí, jeje –contesté con una risa falsa mientras me frotaba mis doloridas muñecas -. ¿Y se puede saber quien eres tú?
-Yo soy Papá Noel.

Zaplana, Trillo, Rajoy, Pincitas y ahora Papá Noel… demasiados chiflados en un día.
-Jojojo –rió –, te llamará la atención mi aspecto. He decidido modernizarme, ya estaba harto de ser un viejo gordo y barbudo, y la señora Noel también estaba harta, no se si me entiendes, jojojo. El problema es que con este aspecto no puedo ir a repartir los regalos, el mundo todavía no esta preparado para un Papá Noel metrosexual, jojojo. Por eso había pensado en alguien para que me sustituyera, y creo que el que mejor se ajusta a los cánones de gordura barbuda es un tal Mariano Rajoy. Me parece que anda por aquí, ¿lo has visto?
-Bueno, por aquí estaba, pero la verdad es que acaba de tener un accidente y me parece que van a tener que entablillarle el dedo en esta posición –contesté mostrándole erguido mi dedo medio.
-Jojojo, eso no sería nada apropiado, ni acorde con el espíritu navideño, jojojo. Oye, tu tienes una buena tripa cervecera, y no pareces afeitarte muy a menudo, ¿qué te parecería ser Papá Noel por una noche?

12 octubre 2005

Pediculosis

hemorroid_cityAurelio decidió que nos acompañaría a recuperar la cabeza del ex marido de Melitina. Cuando salíamos de la sucursal bancaria, el mismo anciano del capitulo anterior se le acercó blandiendo la cartilla de ahorros frente a sus narices.
-¡Señor Aurelio, señor Aurelio! ¡Actualíceme la libreta a ver si me han ingresado la pensión!
-Claro, hombre, claro. Déme que la actualice en el cajero.
Aurelio se giró hacia el cajero, dándole la espalda al anciano. Pero yo vi que en lugar de introducir la cartilla en el cajero automático, lo que hizo fue taponarse uno de sus orificios nasales con un dedo y expelir fuertemente todo el aire de sus pulmones por el otro.
De resultas de tan eólica acción, un gran moco verde y pringoso fue a parar a la cartilla del abuelete, que Aurelio sostenía abierta por la última página frente a sus narices. Tal era la destreza de Aurelio en estas lides, que la secreción fue a parar certeramente bajo el último renglón escrito. Aurelio cerró la cartilla y se la tendió al anciano mientras se limpiaba con la otra mano los residuos mucosos que le habían quedado sobre el labio superior.
-Tenga, pero no la abra hasta llegar a casa, que la tinta no está seca y podría perder todos sus ingresos.
-Gracias señor Aurelio, que Dios le bendiga –dijo el anciano apretando la cartilla contra su pecho con ambas manos.
-Sí, hombre, sí –le contestó mientras le empujaba al exterior de la sucursal -. ¡Ala! ¡A mamarla! –profirió mientras el jubilado se alejaba -¡Ah, el placer del deber cumplido! ¿Nos vamos?
-Esto… ir delante –les dije yo -. Tengo que realizar una operación en el cajero.
-Así me gusta, Animal, coño –me dijo Aurelio palmeándome la espalda -. Qué hagáis las operaciones por cajero, en lugar de dar el coñazo en ventanilla. ¡Qué si no no hay quien juegue al buscaminas!

Salieron todos hacía la fragoneta y me dejaron en el rellanito donde se encontraba el cajero automático. Me planté frente al cajero, me bajé la cremallera de los pantalones, saqué la minga y empecé a dispensar una copiosa meada, no sin dejar de lanzarle un guiño a la cámara de seguridad, nunca se sabe que guardia jurado jamona podía estar mirando.
Mientras estaba en lo mío (mear un par de litros de cerveza lleva lo suyo), entró un tipejo bajito, rechoncho y encorvado, vestido con un largo abrigo negro que casi arrastraba por el suelo y con las hombreras casi blancas por la caspa que le caía de su despeinada cabeza. El tipejo se me arrimó más de lo socialmente permitido en un mingitorio y me susurró:
-Eh, señor. Tengo una oferta espacial para usted.
-¿Espacial? Ya decía yo que pareces de otro planeta.
-Perdón, quería decir especial
-Oye, mira –le dije guardándome la polla por si acaso –si te dedicas a hacer chapas yo paso, ¿vale?
-No, no, no, señor. Se trata de una oferta gratuita. Un corte de pedo gratis… esto… de pelo.
-Un corte de pelo gratis, ¿eh? –contesté mesándome las greñas –Sí, creo que hace meses que no me corto el pelo.
-Acompáñeme a la peluquería, señor. Esta oferta tiene una validez imitada… esto… limitada.

Me acerqué donde estaba la fragoneta, que Marie Claire había conseguido reparar.
-Oye, Marie Claire, ir delante a pagar la fragoneta, que yo voy luego. Déjame el móvil y luego llamo a del Oso para que me recoja con el Megane.

Hecho esto, seguí al jorobado hasta una peluquería, en la que un tipo amanerado, con una bata blanca y un bigotito ridículo esperaba junto al sillón de barbería.

Me senté al sillón y me puse a canturrear esa de “Hay un tipo dentro del espejo que me mira con cara de conejo”, mientras el peluquero me ponía la bata.
El peluquero, a la par que le daba al pedal hidráulico que eleva el sillón, me preguntó qué iba a ser.
-Un café y un donuts. ¡Perdón! Quería decir sólo las puntas…

El peluquero empezó a tijeretear mientras yo seguía canturreando “Oye, tú, tú que me miras ¿es que quieres servirme de comida?”.

-¿Así está bien, caballero?
-Un poquito más. “Soy un macarra, soy un hortera. Voy a toda hostia por la carretera”.

Tras un ratito más de trasquilar, me volvió a preguntar.
-¿Suficiente?
-Mmm… tal vez un pelín más corto. “Oye, tú, no te acerques demasiado. Busco pelea y estás a mi lado”.

El peluquero cortó un poco más corto.
-¿Qué tal así?
-No, mejor un poco más corto.
-¿El caballero tal vez tenga una idea algo más precisa de lo que desea?
-¿Has visto “doce monos”? ¡Pues igual que el Bruce Willis en esa peli!

El peluquero algo enfurruñado dejó el peine y las tijeras y cogió la maquinilla eléctrica. En un par de pasadas me dejó como al cocoliso.

-La verdad es que no me gusta mucho, ¿me lo puede volver a dejar como antes?
-En cierta manera, sí. –dijo con una sonrisa enigmática.

Entonces pulsó un botón oculto en el respaldo del sillón y dos manillas se cerraron sobre mis muñecas y otras dos sobre mis tobillos. ¡Estaba atrapado!
El peluquero se arrancó la bata y el bigotillo, que resultó ser postizo, y pude reconocer a ¡Eduardo Zaplana! Por su parte el jorobado también se deshizo de su abrigo, su joroba postiza y su peluca y resulto no ser otro que ¡Federico Trillo!

-Jajajaja –ambos dos estallaron en sendas risas malévolas.

-¡Cabrones! ¡Soltadme! ¡No os pienso decir nada!
-Eso no será necesario –dijo el Zaplana que se estaba partiendo el pecho de risa –. Tenemos un plan secreto –y de una patada tumbó un biombo que había en un rincón del local, dejando al descubierto una extraña máquina, la cual estaba conectada a una especie de tanque de agua cilíndrico hecho de cristal, de unos dos metros de alto, en cuyo interior había un burbujeante caldo verde.
-Nuestro plan es sencillo a la par que brillante –prosiguió -. Con el ADN del pelo que te hemos cortado, vamos a crear un clon tuyo. Un clon a nuestro servicio, que nos obedecerá en todo y nos contará el paradero de la cabeza del doctor Jiménez del Oso.

Y dicho esto, cogió un montón de mis cabellos del suelo y los introdujo en un cajoncito que a tal efecto tenía la máquina. Entonces Trillo, estallando en histéricas carcajadas, le dio a un interruptor eléctrico que había en la pared. La maquina empezó a hacer extraños ruidos y el liquido verde a bullir.

Mientras la maquina chirriaba y bullía, el Trillo y el Zaplana se dedicaban a hacer chanzas a mi costa. Me daban collejas en la calva, me pellizcaban los mofletes y me hacían cosquillas en la punta de la nariz con la brocha de afeitar.
Pero mientras se dedicaban a putearme, yo veía lo que estaba pasando en el tanque que quedaba a sus espaldas.

-Oye, Trillo –le dije mientras este se entretenía en darme bofetaditas en los carillos y Zaplana trataba de hacer una escultura de espuma de afeitar sobre mi cabeza -, ¿tú sabes que pasaría si se metiese un pedículo en esa máquina?
-No seas memo. Esto no es una auténtica peluquería. Aquí no hay ningún profesional de la pedicura.
-¡Qué no, Trillo! –le corrigió Zaplana –Que un pedículo no es eso. Un pedículo es… ¡Un momento! –dijo alarmado -¿Por qué preguntas eso?

Efectivamente, amigos. Un pedículo es un piojo. Y cuando Trillo y Zaplana se volvieron, pudieron ver a uno de unos dos metros de alto por otros dos de ancho, que destrozaba el tanque de clonación.

29 agosto 2005

Nacido para revolucionar el infierno

brainDecidimos que mientras Marie Claire reparaba el motor y Gómez y Gámez vomitaban; James Hardluck, Melitina y yo entraríamos a la sucursal del BaBasBank a sacar dinero (nota del editor: este blog no pretende inducir a la anorexia ni a la bulimia; vomitar no es divertido (a menudo ni siquiera huele bien), recordamos que los menores de edad no deberían vomitar sin el consentimiento y supervisión de sus padres y/o tutores).

Abrimos la puerta y al entrar en la sucursal (James y yo instintivamente mirando en dirección contraria a la cámara de seguridad y simulando que nos rascábamos la ceja para ocultar los rostros), nos tropezamos de pleno contra un maromo alto y pesado como un ataúd (y que no olía mucho mejor). Despeinado y desafeitado, en su camiseta lucia la inscripción “Banka Kanibal” y un tatuaje en su bíceps derecho rezaba “He nacido para revolucionar el infierno”.

-¡Coño! ¡Animal! ¡James! ¿Qué hacéis por aquí?
-¡Aurelio, el director de la sucursal de nuestro barrio! ¿Qué haces tú por aquí?
-Alístate y verás mundo. Es el lema del departamento de recursos humanos del BaBasBank. En ocho años al servicio de la empresa llevo doce sucursales, e incluso un año una especie de chiringuito playero. Como las casetas de helados de la playa, pero en plan financiero, cambiando divisas a los guiris y actualizándoles las cartillas a los jubilados de los viajes del inserso a Benidorm.

Un enclenque abuelete con boina y bastón que entraba en ese momento en la sucursal, tiró de la manga de Aurelio.
-Señor Aurelio, actualíceme la libreta, a ver si me han ingresado la pensión…
-¿Otra vez? ¡Qué te dije ayer que no volvieras hasta la semana que viene! –dijo Aurelio desenganchando la manga de la mano del anciano de un tirón -¡Ala! A la puta calle, y que no te vea yo por aquí antes del lunes, o mejor el martes. ¡A ver si voy a tener que poner el cartelito de reservado el derecho de admisión! –concluyó sacándolo a la calle a empujones.

Pasamos a su despacho y sacó un par de litronas frías de la caja fuerte, que llena hasta la mitad de bolsas de hielo hacia las veces de nevera, y una bolsa grande de cacahuetes con cáscara.
-Sentaros, chicos –dijo mientras hacía él lo propio poniendo los pies sobre la mesa -¿Os apetece apoyar los pies? –nos preguntó a la par que de una patada lanzaba al suelo un montón de escrituras e hipotecas para hacer hueco en la mesa para nuestros pies.

Nos arrellanamos en las sillas y James y yo apoyamos los pies en la mesa (Melitina decidió que luciendo minifalda le era más practico mantenerlos en el suelo).
Aurelio empezó a relatarnos su triste historia.

-Esto es una mierda, tíos. Al principio tenía su gracia: conocías nuevos lugares, diferentes gentes, culturas y costumbres. Cuando por fin te hacías con un sitio, te mandaban para otro. Pero como dijo un filosofo, o tal vez fuera un poeta: “el viaje es el camino”.
-Creo que lo dijo el director de una agencia de viajes –dije aplastando un cacahuete.
-O un camello que pasaba LSD –dijo James tras pegarle un gran trago a la litrona.
-¿No fue el ministro de obras públicas de cuando Felipe González? –preguntó Melitina.
-Da igual. El caso es que cada vez me enviaban más lejos de mi novia. Cuando por fin me enviaron a vuestro barrio parecía que era el destino definitivo. Tuve más suerte que otros compañeros, sólo estaba a ochocientos kilómetros de mi ciudad natal. Entonces mi novia y yo decidimos casarnos y comprar un piso. Al volver de nuestra luna de miel en Mallorca (la empresa estuvo a punto de no concederme los días libres por falta de personal, pero lo conseguí a cambio de ir a trabajar por las mañanas a una sucursal de la isla), con las llaves de nuestro nuevo piso en una mano y una prueba de embarazo positiva en la otra, me destinaron aquí. Claro, como estamos super apurados pagando el piso, mi mujer se ha tenido que quedar allí y apenas la veo los domingos. Yo me las apaño durmiendo en un banco del parque si hace bueno o bajo el escritorio del despacho las noches que hace frescurri –en este punto, Aurelio se sonó los mocos con un justificante de ingreso y le pegó un largo trago a la litrona. Tras esto, cascó un cacahuete y cambió de tema.
-Pero no creo que hayáis venido a escuchar las penas de un pobre director de sucursal. ¿Qué se os ofrece?

-Bueno –dijo James eructando (es lo que tiene la cerveza de a litro) -, básicamente venimos a solicitar más margen del reintegro de efectivo.
-Hum –contestó Aurelio rascándose la barbilla -, ya veo. Y el BaBasBank de buena gana os lo concedería, no creáis. Pero tenéis que entender que con un gobierno socialista en el poder las entidades bancarias no nos podemos desinhibir de nuestras responsabilidades como guardianes del capital. Vamos a ver, ¿tenéis alguna garantía o aval?
-Ya que lo mencionas –contesté -, te podemos dejar en depósito esta carísima tartera criog… ¡Ah, mierda! Eso lo dejamos en el establecimiento de alquiler de vehículos sin conductor…
-¿Habéis alquilado un vehículo? –preguntó Aurelio.
-Por llamarlo de alguna forma –dijo Melitina.
-¡Eh! –me reboté yo –No te metas con ella. Es una fragoneta estupenda, y la llamo “relámpago de brillantina”.
-¡Ay, señor, señor! –se lamentó Aurelio –Si es que en este país no hay cultura bancaria. ¿No habéis oído hablar del leasing?
-Sí –dijo Hardluck cascando otro cacahuete -, yo le pedí una vez a una furcia que me lo hiciera. Pero me dijo que eso no entraba en el completo.
-Err… Me parece que no nos referimos a lo mismo, James. El leasing es un servicio bancario avanzado, que ofrece la banca a las pymes para que puedan financiar sus adquisiciones de inmovilizado.
-Ya –dije yo tratando de poner cara de comprensión -, ¿pero también vale para pillar una furgoneta, no?
-Pues sí –dijo chascando otro cacahuete.
-Vale, pues ponnos un leasing de esos con un par de taes y esas mandangas que le ponéis a todo.
-Bueno, no es tan sencillo. Necesito una memoria fiscal y administrativa de la empresa y una serie de pólizas y avales, hacer un estudio de la viabilidad mercantil y… -se quedó pensativo unos segundos- Por otro lado, la empresa obliga a las sucursales a cumplir una serie de objetivos de contratación de servicios que no hay quien cumpla. Así que… ¿me prometéis que vais a pagar todos los meses?

James y yo alzamos la mano derecha y eructamos al unísono.

-De acuerdo entonces. Voy a rellenar los formularios.
-Vale en cuanto al dinero… -dije yo.
-Ya se. En billetes pequeños, con números de serie no correlativos y sin marcar, como siempre.

Si es que, a pesar de todo, en las pequeñas sucursales saben hacer que te sientas como en casa.

Para amenizar la espera, James afinó la guitarra y entonó una canción: “El blues de la polución nocturna”.

Voy a esperar a la medianoche
Y luego, amor, te iré a buscar
Sí, voy a esperar a la medianoche
Y luego yo te iré a buscar

Y ya no puedo, esperarte
Voy a eyacular
En la medianoche

La canción de James fue interrumpida por Melitina, que grácilmente destrozó uno de los cascos de cerveza vacíos contra la guitarra de Hardluck.

-¡So marrano!
-Buen final para la canción, lo del litronazo. No se me había ocurrido –contestó James -. Aunque sería mejor golpear la guitarra con la litrona llena, lanzaría un chorro de espuma que resaltaría muy gráficamente el intríngulis de la canción.

Desde la puerta del despacho, Aurelio que venia con las fotocopias de la cosa esa del leasing, dijo:
-Chica, me encanta tu estilo. Y nos vendría muy bien alguien con esa experiencia de trato con el público para la ventanilla del banco. ¿Te interesa trabajar con nosotros?
-Bueno, la verdad es que no se nada de banca.
-No, no, no. Para trabajar aquí sólo tienes que saber decir dos cosas: “el pago de recibos no domicializados sólo es posible efectuarlo la primera semana del mes de ocho a nueve de la mañana” y “para realizar esa operación acuda al cajero”. Es todo lo que necesitas.
-De acuerdo, pero antes tengo que recuperar la cabeza de mi marido.
-Y desentrañar el misterio de su cerebro siliconado –añadí yo, con el tono de voz todo lo solemne que se puede tener tras plimparse dos litronas.

04 agosto 2005

Sistema de bobinado simple

diablito-¿Deduzco de sus mentecatas preguntas que desean alquilar una furgoneta? –nos inquirió el dependiente del establecimiento de alquiler de vehículos sin conductor.

-¡Sí! –respondí yo –Y la queremos con neumáticos de cómo un metro de alto. ¡Y unos enormes parachoques de titanio!
-El equipo de música debe tener una entrada de micro y otra de línea para la guitarra. ¡Y altavoces orientables al exterior! –especificó James Hardluck.
-Con cinturones de seguridad reforzados. ¡Y botiquín completo! –solicitó Melitina.
-Con sistema GPS conectado a la red de satélites de la nasa y ordenador con conexión a Internet. ¡Con sistema de bobinado simple! –añadió Marie Claire.
-Con un montón de faros y retrovisores extra, cómo la moto de quadrophenia. ¡Y con la carrocería pintada como la furgoneta del equipo A! –agregó Gámez.
-Y que en la parte de atrás lleve una cama en forma de corazón. ¡Y luces de esas ultravioletas que hacen que la caspa brille! –adicionó Gómez.

-Veo que saben ustedes lo que quieren –comentó el dependiente a la par que se reajustaba el nudo de la corbata -. Tienen una idea clara y concisa de cuales son sus necesidades y han optado por la solución más razonable –agregó mientras se alisaba el flequillo -. Lamentablemente, la única furgoneta que tenemos libre es una vieja Ford Pánsit –concluyó levantando ligeramente la nalga izquierda del asiento para expelir mejor una sonora ventosidad.

-Vamos, vamos, no pongan esa cara de desilusión –prosiguió mientras con un folleto abanicaba el aire tratando de disipar el flatulento olor -. Se trata de un modelo clásico, de cuando las matrículas constaban tan solo de la inicial de provincia y seis cifras. Muy fácil de conducir, ¡con sólo cuatro marchas! Montar en ella es como viajar en el tiempo a una época anterior, ¿no han oído eso de “cualquier tiempo pasado fue mejor”?

A regañadientes aceptamos. No era exactamente lo que queríamos, pero ¡realmente necesitábamos esa fragoneta!

-Bien, entonces –dijo el dependiente con una sonrisa en los labios (y dos bolitas de papel que había hecho con el folleto en las fosas nasales para mitigar el olor de sus propios gases) -. Vamos a rellenar el contrato. ¿Nombre?
-Hannimal –contesté.
-¿Animal?
-Sí, pero con hache y doble ene. La hache es muda. Piense en hada, hemorroides, ocho.
-¿Ocho? Ocho no lleva hache.
-¡Cómo que no! ¡Si no se leería “Oco”!

Conseguimos rellenar el contrato sin muchos percances ortográficos más (excepto el año de nacimiento, la solicitud de contrato era tan antigua como el vehículo, por lo que había que consignar las cifras en números romanos). Y llegó ese momento tan desagradable…

-Bueno, pues sólo falta que me abonen el alquiler de la primera semana –dijo el dependiente frotándose las manos -. Son 666 más IVA, es decir 772’56 euros.
-Ah, ¿hay que pagar ahora? –dije haciéndome el tonto –El caso es que pensábamos que se pagaba al devolverla y no traemos el dinero…

Una de las bolitas de papel que llevaba el dependiente en la nariz me golpeó en la frente al salir disparada por el bufido que este soltó. La otra acabó en el escote de Melitina.

-Verá lo que vamos a hacer –le dije al ceñudo dependiente -. Le vamos a dejar en depósito esta carísima tartera criogénica que contiene un singular cráneo congelado con un inusitado cerebro de silicona, y mientras tanto nos vamos al banco a sacar dinero y venimos ya mismo a pagarle. ¿Vale?

Tras un reñido tira y afloja (al lote tuvimos que añadir el reloj casio de Marie Claire y las botas y sandalias de Gámez y Gómez) conseguimos que el dependiente accediera.

-¿Crees que la cabeza de mi marido estará bien aquí? –me preguntó Melitina con semblante preocupado mientras nos dirigíamos a la puerta.
-Claro, claro –le dije yo abrazándola por los hombros y avivando el paso para conseguir salir de la estancia antes de que pudiera ver al dependiente intentando jugar al paddle contra una de las paredes del despacho utilizando el cerebro de silicona como pelota.

Salimos al parking del establecimiento de alquiler de vehículos y en la plaza asignada nos encontramos la Ford Pánsit. La capa de óxido no lograba ocultar por completo los arañazos y abolladuras, pero los disimulaba bastante.

Reconozco que al principio me costó un poco hacerme con los mandos de la furgoneta. Pero tras una serie de frenazos, caladas, tirones y rascazos y una vez que el resto de los vehículos que circulaban por la misma calle que nosotros comprendieron que no les convenía acercarse demasiado a un vehículo más grande y pesado, empecé a cogerle el tranquillo.
-Ya le estoy cogiendo maña, ¿eh? –pregunté a mis compañeros.
Por toda respuesta recibí una lluvia de collejas y descubrí que la gente se vuelve bastante susceptible después de que sus cabezas hayan estado chocando entre sí y contra las paredes del vehículo debido a los frenazos y bruscos volantazos.

No obstante, en poco tiempo me hice un as de la conducción de fragonetas. Y para demostrarlo, cuando vi que por la acera paseaba una chica con medio palmo de tanga sobresaliendo del pantalón ¡con una rápida maniobra en zig-zag y tumbando sobre dos ruedas conseguí arrebatárselo con la antena del arradio! ¡Y sin que se diera cuenta!

Esta chanza consiguió enfriar los ánimos del personal, e incluso James desenfundó (la guitarra) y se marcó un blues titulado “Los puntos de mis cicatrices y las cicatrices de mis puntos”:

Los piercing son una pijada
Los tatuajes no molan nada
Yo colecciono cicatrices
Que es lo que mola de verdad

Cada tajo que tengo en el brazo
Es el recuerdo de algún puntazo
Cada raja que llevo en la cara
Es una neura que me ha dao

Desgraciadamente, el blues se vio interrumpido por una fuerte explosión del motor de la furgoneta, que se paró en seco con una violenta sacudida.

-¡Eh! ¡Un respeto por el artista! ¿Qué demonios ha pasado? –gritó indignado James, el bluesman ciego.
-¡Ha sido el animal de Animal! –chilló Marie Clarie, tratando de disolver con las manos la nube de humo negro que emanaba del capó –Que se ha cargado el motor.
-¡Eh! ¿Por qué tengo que tener yo siempre la culpa de todo? –voceé indignado mientras trataba de volver a arrancar el motor.
-La furgoneta es diesel y te empeñaste en ponerle gasolina normal.
-¡Por que las diesel no tienen pegada! ¡No querrás que conduzca una furgoneta de nenas! Además, ¿cómo sabes que es diesel?
-Por que lo pone en una pegatina, so memo.
-Pues también tiene una que pone “Turbo Injection” y me parece que lo flipa.
-Sí, ¡y ahora entiendo por que lleva una de “Bebé a bordo”!
-¿”Bebé a bordo”? –dijo Gómez con los ojos vidriosos y una botella de passport scotch en la mano –Pensábamos que ponía “Bebe a bordo” y llevamos un ciegooo… -y dicho esto empezó a vomitar copiosamente por la ventanilla.

En ese momento, la humareda negra empezó a disolverse y vimos que casualmente la furgoneta se había averiado ¡frente a una sucursal del BaBasBank!

27 julio 2005

Caminante, no hay camino

necios del infiernoMe disponía a emprender la lectura del diario secreto del ex marido de Melitina, cuando el Megane pegó un brusco frenazo que nos lanzó a todos contra el parabrisas delantero.
Nuestras caras quedaron aplastadas contra el cristal, como besugos tratando de atisbar el mundo exterior desde una pecera.

-¡Ay! –dije yo.
-¡Oh Yeah! –soltó James Hardluck.
-¡Mecachis! –exclamó Marie Claire.
-¡Jolín! –profirió Melitina Preaplana.
-¡Mmmmm! –emitió el doctor Jiménez del Oso (esto último debido a que como recordareis la cabeza del difunto doctor había sido conservada criogénicamente y posteriormente insertada en el tablero de mandos del Megane, y con el frenazo y consiguiente eyección de nuestros cuerpos, los generosos senos de Melitina habían ido a parar sobre su cara).

-Suerte del airbag. ¿Eh, chicos? –dijo del Oso algo sonrojado cuando Melitina le apartó las tetas de la cara.
-¿Qué airbag? ¡Cabrón! –le espetamos frotándonos nuestras enrojecidas narices.

Todavía refregándonoslas, alzamos la vista de la punta de nuestras respectivas narices para comprobar que es lo que nos había echo pegar tan brusco frenazo.
Y la razón de que del Oso hubiera tenido que detener tan rudamente el Megane era, ni más ni menos, que evitar colisionar contra un coche que circulaba en sentido contrario. Un coche que había conseguido frenar a escasos centímetros de nuestro parachoques. Un coche, para colmo ¡de la guardia civil!
Sólo que se trataba de un coche patrulla algo peculiar. Habían reemplazado la sirena y luces del techo por unas luces de discoteca y un par de bolas de esas forradas de espejitos que tan de moda estaban en los garitos en los 70s. Además la carrocería estaba adornada con todo tipo de pintadas psicodélicas e inscripciones como “Libera tu mente”, “Ke verde kera mi valle” o “Grande, Libre y Sexy”. Por último, un par de enormes astas de miura adornaban el parachoques delantero.
La puerta del piloto se abrió y el sargento Gámez, vestido únicamente con las botas militares, un tanga de leopardo y una cadenita que colgaba de sendos aros que llevaba a modo de piercing en los pezones, se apeó del coche.
-¡Chicos, que alegría de veros!
Por la otra puerta se bajó el agente Gómez, ataviado con sandalias y calcetines, un taparrabos hecho con un pañuelo de flores y una piel de cordero sobre los hombros.
-¡Paz, tíos! –dijo haciendo el signo de la victoria con los dedos.

-¿Pero se puede saber que hacéis circulando en sentido contrario chalados? –les chilló Marie Claire al tiempo que con su estuche de maquillaje trataba de disimular el tono bermellón de su hinchada nariz.
-Eh, tía, paz –dijo Gómez.
-Sí, tía. No seas tan cuadriculada –le dijo Gámez gesticulando como quien dibuja un imaginario pentágono en el aire -. Los caminos deben ser libres de recorrerse en una dirección y en otra.
-Caminante, no hay camino, se hace camino al andar –agregó Gómez.
-Y al volver la vista atrás, se ve la senda que no se ha de volver a pisar –sentenció Gámez -. ¿No lo entiendes? Hemos recorrido las autopistas demasiadas veces en el mismo sentido. Ahora debemos recorrerlas en un sentido distinto.
-Digamos que galáctico –apuntó Gómez.
-Galáctico no lo se. Pero el tortazo que nos podíamos haber pegado podía haber tenido proporciones cósmicas –replicó Marie Claire, tan quisquillosa siempre.

-Dejaros ya de minucias –dije yo -. ¿Qué hacéis por aquí? ¿No sabéis que os buscan un par de agentes de Seguridad Nacional?
-Ahora somos nómadas de la carretera –dijo el sargento Gámez.
-Sí, guerreros post-apocalípticos –añadió el agente Gómez extrayendo de su taparrabos un revolver y una pequeña Biblia de bolsillo -¿te leo algún pasaje?
-Apocalíptica va a ser la bronca que os van a meter como os pillen.
-Animal tiene razón –dijo Marie Claire -. Si habéis decidido llevar esa vida tan, eh… alternativa, tal vez deberíais desaparecer de la circulación durante un tiempo, hasta que se calmen las cosas.

-Hum –sopesó Gámez atusándose el bigote -. Niña, tal vez tengas razón.
-Eh, sargento –dijo Gómez con la mirada iluminada, o tal vez alucinada pues llevaba el cañón de la pistola cubierto con sellos de correos (edición conmemorativa del aniversario del quijote) impregnados de LSD y había empezado a pegarle lametazos como a una piruleta-, ¿qué le parece el pequeño pueblo que acabamos de atravesar? ¡Podríamos establecernos en él una temporada!
-¿Y tú crees que yo podría tener conejitos? –dijo Gámez emocionándose con la idea –Yo los cuidaría. Y los tendría de todos, todos los colores.
-Y para vivir cogeríamos malocotones de los huertos y los venderíamos en los mercados –añadió Gómez cada vez más ilusionado.
-Pero… pero… -dijo Marie Claire -¡No podéis robar melocotones!
-Tía, no seas alienada –dijo Gámez.
-Sí, tía –agregó Gómez -. La propiedad privada es un robo. No se puede poseer el melocotón.
-Eso que decís es una chorrada –les dije yo muy serio.
-Me alegra ver que por una vez haces uso del sentido común –me dijo Marie Claire con una especie de mirada esperanzada en los ojos.
-No podéis vender melocotones en ese coche patrulla. ¡Necesitáis una fragoneta!

Pocos minutos después entrábamos en un establecimiento de alquiler de vehículos sin conductor.

-Necesitamos la furgoneta más grande que tengan –dije.
-Con el equipo de música más potente –añadió Hardluck.
-Con airbags –solicitó Melitina.
-Y con aire acondicionado lo suficientemente potente como para poder conservar una cabeza criogenizada conectada al sistema eléctrico del vehiculo –agregó Marie Claire.
-Y que en uno de los laterales lleve dibujado el signo de la paz con la inscripción “Nasio pa matar”, y en el otro lado un enorme ojo alado con cola de serpiente –pidió Gámez.
-Y que en la parte de atrás lleve un colchón de agua y un montón de cojines y un narguile y un atrapa sueños y… -siguió pidiendo Gómez.

18 julio 2005

Menudo par de aldabas

brainrobbers-¡Menudo par de aldabas! –exclamé en cuanto Melitina Peraplana nos abrió la puerta del chaletazo que tenía en Calpe con vistas al peñón de Ifach.
-¿Le gustan? Las eligió mi marido.
-Un gusto excelente, y los picaportes de la puerta también son una pasada –añadí haciendo sonar uno de los llamadores que había en cada una de las hojas de la pesada puerta doble. Cada uno de los picaportes era una figura de bronce de una amazona semidesnuda, cada una de las cuales sostenía una pesada maza con la cual para hacer sonar el llamador se golpeaba otra figura de bronce más pequeña que representaba una decapitada cabeza humana.
-Sí, bueno. ¿Quieren decirme cual es el motivo de su visita? –dijo Melitina mientras se recolocaba el tirante del top que vestía, a la vez que disimuladamente se ajustaba el tirante del sujetador; en un gesto habitual entre las mujeres de generosos senos.

Ya que no se me ocurrió ninguna manera clara y concisa de exponerle la situación, opté por una exposición visual.
Le arrebaté la tartera criogénica de las manos a Marie Claire, la abrí y le planté ante los ojos a Melitina la cabeza hibernada, la cual para disimular el boquete producido por el bate de béisbol habíamos cubierto con un gorrito de lana, muy apropiado además para las bajas temperaturas a que se conservaba la cabeza.
-¿Conoce usted a este hombre? –le espeté.
-Es mi… Era mi marido –contestó Melitina, palideciendo notablemente.
-Entonces, ¿Puede usted explicarme esto? –dije quitándole el gorro a la cabeza y extrayendo de su caja craneal el cerebro de silicona.

-Mira que eres animal –rezongaba Marie Claire mientras abanicaba a Melitina, que había perdido el conocimiento al ver el cerebro de su difunto (y posteriormente hibernado) marido.
Habíamos entrado en la casa y trasladado el cuerpo inconsciente de Melitina a uno de los mullidos sillones que había en una pérgola en la terraza del salón. A ver si con la brisa del mar se reanimaba. Mientras Marie Claire trataba de hacer volver en si a Melitina, James curioseaba entre los abundantes libros que cubrían las estanterías del salón, con la esperanza de encontrar uno en braille. Yo, por mi parte, localicé la cocina, hice un café y salí con él a la terraza. Lo deposité en la mesa y aun no había tocado mi culo el cojín del sillón en el que me estaba sentando, cuando Marie Claire cogió la taza e hizo ademán de acercarla a los labios de Melitina.
-Buena idea, Animal. Esto la ayudará a volver en si.
-¡Eh! ¡Quieta pará! –grité arrebatándole MI café de las manos –Si quieres que vuelva en si conozco un método más eficaz -dije empezando a abofetear a Melitina, y bueno, creo que alguna bofetada se me escapó también para Marie Claire pero… ¡había cogido mi café!

En ese momento llamaron a la puerta. De cualquier manera, Melitina empezaba a recobrar el conocimiento, así que fui a abrir, mientras de camino al recibidor me terminaba el café.
En el recibidor le puse la taza vacía por sombrero a una estatuilla de mármol que representaba al personaje ese de shakespeare que sostiene un cráneo en la mano y que no sabe si es o no es y abrí la puerta.
Dos hombres jóvenes, elegantemente vestidos con traje y repeinados y engominados, esperaban pacientemente.
-Lo siento –les dije -, la casa no está en venta. Aunque pensándolo bien… ¿Cuánto podrían dejar de entrada ahora mismo? Sólo acepto metálico y en billetes sin marcar y con números de serie no correlativos.
-¿Cómo? ¿Qué dice de vender la casa? –dijo el más joven de los dos.
-Perdón, ¿no son ustedes de tecnocasa?
-¿tecno… casa?
-Sí, tecnocasa, la inmobiliaria. Como son los únicos capullos que van con traje para trabajar... Si hasta el director de la sucursal bancaria de mi barrio va a trabajar con una camiseta que pone “fuck the capital”.
-Déjese de chorradas, amigo –dijo el otro hombre, dando un paso adelante y plantándome ante los ojos una insignia que llevaba en la cartera -. Seguridad Nacional.
-Oiga, que lo de los billetes sin marcar era una coña, ¿eh? Le juro que aquí está todo muy legal.
-Dejaremos eso por ahora. Andamos investigando el extraño caso de una pareja de la guardia civil que parece que han sido… -en este punto guardó un misterioso silencio.
-Abducidos –terminó la frase su compañero más joven.
-¡Coño! –exclamó el que parecía el jefe con un gesto de impaciencia -Que se supone que es secreto nacional, joder…
-Lo siento, mi teniente.
-El caso es que esta pareja de guardias civiles hace rato que no contestan a las llamadas por radio y cuando conseguimos sintonizar la emisora de su coche sólo se escuchan aullidos, gritos y extraños cánticos rituales.
-Magia negra, fijo –apuntó el otro.
-Calla, coooñooo… La última vez que se supo de ellos acababan de parar un Megane con “esa” matrícula –dijo el agente de seguridad nacional señalando con el pulgar por encima del hombro a mi Megane, que estaba aparcado a la puerta de la casa.
-¿Es suyo ese coche? –me espetó agarrándome por la solapa y acercando mucho su cara a la mía.
-¿Mío? Bueno, ya sabe lo que dicen de la propiedad privada, que toda propiedad privada es un robo y todo eso… Eh… ¿les apetece una tacita de café?
El agente de seguridad nacional me lanzó una mirada cargada de escepticismo, pero me dijo: “Venga ese cafelito, a ver si aclaramos todo esto”.

Cuando los dos agentes y yo entramos en el salón y vieron a Melitina, que aunque ya había recuperado el sentido todavía estaba algo atontada, el teniente exclamó: “¡Coño! ¡La viuda de Dedos Sorbedores!”.
Los dos agentes salieron rápidamente a la terraza para situarse al lado de Melitina. Y cuando se detuvieron a su vera, aproveché para cargar contra ellos por la espalda y de un empujón los lancé por encima de la barandilla de la terraza a la piscina que -al estar la casa construida sobre una ladera- quedaba un piso más abajo.
-¡Vamos, vamos! ¡Que nos trincan! ¡Salgamos por patas! –exclamé agarrando del brazo a Melitina.
Mientras salíamos de estampida pude escuchar desde la piscina el característico sonido de un walkie talkie al establecer comunicación y al teniente que decía: “Señor Trillo, ¡dígale al Zaplana que hemos localizado a los sospechosos!”

Salimos de la casa a la carrera. Yo tropezándome todo el rato porque era bastante complicado mirar por donde iba y a la vez no perderme detalle del bamboleante movimiento de la poderosa delantera de Melitina, la cual me seguía prácticamente a rastras.
Nos metimos en el Megane y le grite a del Oso: “¡Rápido, no hay tiempo que perder!¡Pincha el ‘Let it bleed’ de los Stones y arranca!”.
El Megane partió con un chirriar de neumáticos y en un plis alcanzó simultáneamente su velocidad punta y su máximo consumo de combustible.

Al ver que nadie nos seguía, nos relajamos un poco y pude ver que James todavía llevaba en la mano el último libro que había estado ojeando.
-Eh, ¿Qué libro es ese, James?
-Yo que sé, no está en braille, toma.

Cogí el libro que me tendía, y al hacerlo se me resbaló de las manos y se separó la solapa de la cubierta (“El arte de la dactilografía”) del libro, que resultó ser un tomo manuscrito, concretamente un diario.
-¡Habéis encontrado el diario secreto de mi marido! –exclamó Melitina al verlo.

02 julio 2005

El que vuela por encima de las montañas

freeze-¡Un cerebro de silicona! –repitió Marie Claire alucinada.
-No sabía que también hacen prótesis de eso –dijo Hardluck.
-Eh, ¿sabéis el chiste del cura, la cabra y la prótesis genital? –dije yo.
-No es una prótesis –respondió Marie Claire sin darme oportunidad de lucirme con mi fino y agudo humor -, pero no tengo ni idea de que puede ser esto.

James, algo abstraído, tenía la tartera criogénica vacía en el regazo, le dio la vuelta y empezó a tamborilear con ella a modo de bongo. Agarré el bajo que teníamos tirado en el sofá, de una patada encendí el ampli y me uní a él. Pronto empezó a improvisar un blues, el blues del cataclismo…

Ya llega el tiempo del cataclismo
Hay quien dice siempre lo mismo
Aferraros al catecismo
Los que tengáis aun fe en cristo

Hu hu hu
La pena se ha llevado el blues
Hu hu hu
Y ahora ya no soy como tú

Me subiré por las paredes
Inflingiré todas las leyes
Ofenderé a toda la gente
Sin querer o quizá adrede

Hu hu hu
La pena se ha llevado el blues
Hu hu hu
Y ahora ya no soy como tú

Lamentablemente no pudimos terminar el tema, la vecina que siempre chilla tanto había ideado un ingenioso sistema para cuando consideraba que nuestras improvisaciones musicales no coincidían en hora o volumen con lo que ella consideraba adecuado. Había atornillado un cáncamo al alfeizar de su ventana, al cual había anudado una cuerda que al otro extremo sujetaba un cubo. El procedimiento consistía en llenar el cubo de agua y lanzarlo por su ventana, la argolla actuaba como una articulación o bisagra que hacía que el cubo entrara por nuestra ventana a alta velocidad dispersando el agua (y las primeras veces también los cristales de nuestra ventana) por todo el salón. Cuando tocábamos la guitarra o bajo eléctricos, en ocasiones este procedimiento nos regalaba también con cosquilleantes y estimulantes descargas eléctricas.

-Pero… -dijo Marie Claire completamente empapada -, ¿se puede saber que ha pasado?
-Peculiaridades de la vecina –le dije -. Por cierto me alegra saber que eres fiel a tu marca de ropa interior.
-¿Cómo? –contestó bajando la vista hacia sus pechos -¡Ah! –y salió pitando para el baño al descubrir que la bata blanca de científico que llevaba transparentaba por acción del agua y revelaba claramente su ropa interior.

-Eh, ayúdame a desengancharme esta mierda de los dedos –dijo James. En el fondo de la tartera criogénica había adherida una pegatina que al mojarse se había despegado del culo de la tartera y se le había enganchado a James a los dedos.
-Déjame ver –le dije arrancándola de un tirón.

Era una pegatina con un texto que rezaba “En caso de resurrección avisar a” y debajo en boli habían escrito “Melitina Peraplana” y una dirección de Calpe.

Cuando Marie Claire regresó del baño (había conseguido secar bastante la bata, pero parte de la mugre de la toalla había sido transferida en el proceso) le enseñamos nuestro descubrimiento y decidimos ir a investigar el asunto de inmediato.

En la calle nos esperaba el Megane. Entramos y le hicimos una sucinta explicación de lo ocurrido a del Oso, le enseñamos la tartera criogénica (vacía), la caja craneal (vacía) y el cerebro de silicona. Quisimos interpretarle también el blues del cataclismo pero no consideró que fuera necesario escucharlo para la completa comprensión de los hechos (estos científicos tiene una capacidad de síntesis que es la releche).
El Megane, guiado por del Oso, arrancó y puso rumbo a Calpe.

-Eh, del Oso –dije al darme cuenta que el volante y los pedales no respondía a mis órdenes –, déjame conducir.
-Ni hablar –me contestó tajante –es bien conocida tu forma de conducir y no nos conviene que nos detengan.
-Eh, Marie Claire, dile que me deje.
-Ni hablar. He visto la colección de multas por exceso de velocidad que tienes enmarcadas en el pasillo.
-Vamos, ¿dónde está el botón de conducción manual?
-Jejeje –dijo del Oso –, te aseguro que no existe tal botón.

Le metí el dedo en el ojo con fuerza y enseguida noté como los mandos volvían a ser operativos manualmente.
-Je, creo que lo he encontrado –dije con una sonrisa y pisando el acelerador a fondo.

¡Qué delicia ir a 180 por la autopista escuchando a toda caña el “sticky fingers” de los stones! Lamentablemente cuando todavía íbamos por “can't you hear me knocking”, un coche de la guardia civil se situó a nuestro lado y nos hizo señas de que paráramos. Paré el coche en el arcén y esperamos mientras la pareja de agentes detenía su vehiculo tras el nuestro y se bajaba, libreta de multas en ristre.
-¡Ya sabía yo que pasaría esto! –farfulló resentido del Oso –Rápido, debajo de los asientos hay disfraces.
Miramos debajo de los asientos y encontramos tres disfraces de chica de peli americana de los años cincuenta, a mi me tocó un vestidito rojo con lunares blancos, con cinta a juego para el pelo, peluca estilo Carmen Maura, pendientes de aro y unas enormes gafas de sol. Marie Claire y James Hardluck lucían pintas similares. Rápidamente nos pusimos los disfraces y ayudé a James a rellenar su sujetador, teniendo cuidado de que mis pechos quedaran más grandes que los suyos, claro.
Baje la ventanilla y coqueta saludé al primer agente que se acercó al coche, un hombre rechoncho de mediana edad.
-Buenos días, señor agente. Una parada rutinaria, supongo.
-Ni hablar, exceso de velocidad. A ver la documentación.
-Verá, señor agente. Salí de viaje con amigas y me extrañó que una de ellas no usara compresas megaultrabsorventes con alas y ventosas para una mayor contención del flujo menstrual –dije escenificando con las manos la extrema delgadez de la compresa –. El caso es que mi amiga está con el periodo y además con perdidas leves de orina, así que está poniendo el asiento trasero perdido, por eso íbamos tan deprisa a comprar tampones con aplicador –Marie Claire que iba en el asiento trasero estaba roja como un tomate.
-¡Buf! –dijo el agente con cara de asco –No me explique más cosas raras de esas que me dan un asco y un apuro… ¡Gómez, encárgate tú de esto!
El agente Gómez, que ya había probado con la porra la consistencia de los neumáticos y estaba empezando con los intermitentes (algunos no superaron la prueba), se acercó con cara de aburrido.
-A sus ordenes sargento Gámez. A ver, ¿se puede saber porque circulaban a esa velocidad tan excesiva?
Me di cuenta de que con Gómez, más joven, no colaría el rollo periodo-menstrual y cambié de estrategia. Me arranqué la peluca, los pendientes y las gafas.
-¿Ein? ¿Pero que hace usted travestido? –exclamó algo alterado -¡Identifíquese de inmediato! A ver, su nombre.
-Animal.
-¿Animal?
-Sí, pero con hache y doble ene. La hache es muda. Piense en hemoglobina, hebreo, haba. Ahora pruebe a ver si es capaz de hacer una frase con las tres palabras, es divertido.
-¿Hannimal? ¿Qué significa eso?
-“El que vuela por encima de las montañas” –respondí –. Y esto me hace pensar en el motivo de nuestra detención. ¿Se ha fijado en el diseño de los pingüinos? Son animales perfectamente adaptados a su hábitat, pero que no soportarían la vida en la gran ciudad. ¿Y que me dice de las ballenas? Están diseñadas para vivir en el mar, probablemente morirían en una vivienda de protección oficial. ¿Son malos los mosquitos por que pican? ¡Sólo tratan de alimentarse! ¿Por qué los topos cavan? ¡Construyen sus casitas! ¿Por qué cruzó la gallina la carretera? ¡Para llegar al otro lado! ¿Por qué las hormigas van en fila? ¡Para no perderse! ¿Cambiaríamos la naturaleza de estos animales? No, jugar a dioses es algo que no nos compete. Ahora bien, este coche esta diseñado para la velocidad. Para correr y devorar kilómetros. ¿Acaso podemos nosotros cambiarlo? Dígame, señor agente –y le miré fijamente a los ojos -, ¿podría usted cambiar a un pájaro libre?

Lo siguiente que supimos de los agentes Gómez y Gámez es que circulaban a alta velocidad por la autopista. Con las sirenas puestas, desnudos a excepción de las botas y cinturones reglamentarios, con el cuerpo pintado a la manera de los indios norteamericanos y coreando a grito pelado el “free bird” de lynird skynird.

-Je –dije -, mi proverbial poder de persuasión sigue tan en forma como siempre.
-Sí, bueno –dijo del Oso –y mis dotes de telepatía e hipnotismo también han ayudado bastante.

Así, llegamos a nuestro destino sin más incidentes. Tocamos al timbre y cuando la dueña de la casa abrió la puerta, no pude por menos que exclamar:
-¡Menudo par de aldabas!