37 grados
El otro día fuimos a Terra Mítica.El sábado llegué tarde a casa después de ver el espectáculo “Animales de zoo sobre ruedas”. Todo el domingo estuvimos esperando a ver si aparecían del Oso y Marie Claire, pero nada. Y el lunes por la mañana, cuando ya empezaba a pensar que me había quedado sin coche, aparecieron.
LA-CU-CA-RA-CHA
Así fue como se presentaron. Bueno, no así exactamente. Resulta, que del Oso y Marie Claire, no sólo habían provisto al Megane de un ingenio criogénico capaz de mantener con vida la cabeza de del Oso. También lo habían dotado de multitud de gadgets. Y el mejor de todos ellos, era una bocina de esas que cuando suenan toca las primeras notas de “La Cucaracha”.
Así que mientras Hardluck y yo apurábamos nuestras tazas de café y nuestros donuts, de pronto, escuchamos desde la calle un sonoro bocinazo que entonaba:
LA-CU-CA-RA-CHA LA-CU-CA-RA-CHA
Corrimos hasta la ventana. James, gracias a que me puso la zancadilla con su bastón blanco de invidente, fue el primero en llegar y saco medio cuerpo por la ventana.
-Huele a crema solar, patatas fritas y coca cola. ¡Nos vamos de excursión!
Y en efecto, cuando pude apartar a James de un empujón y asomarme yo a la ventana, vi en la calle el Megane. Marie Claire, vestida con un pantaloncito corto y un polo blanco, iba sentada en el asiento del conductor, su piel relucía por la crema solar. En una mano llevaba un paquete de patatas, en la otra un botellín de coca cola y, ya que era del Oso quien conducía, sobre el volante había desplegado un Super Pop.
-¡Bajad! ¡Nos vamos a Terra Mítica!
-LA-CU-CA-RA-CHA –volvió a pitar del Oso para apremiarnos.
Bajamos los escalones de cuatro en cuatro, mientras engullíamos el último pedazo de donut y el último trago de café. De un empujón desplacé a Marie Claire y su revista al asiento del copiloto y tomé el mando. James se acomodó detrás y las tazas de café vacías fueron a parar bajo los asientos.
-Vale –dije mientras regulaba el espejito apuntando ya podéis imaginar donde -. Antes que nada, ¿dónde está mi coca cola?
-Mira en el maletero –contestó la cabeza de del Oso desde el hueco del salpicadero donde estaba alojada.
Bajé, le di la vuelta al coche (quiero decir que me dirigí a la parte posterior, no que lo pusiera boca abajo), y al ir a abrir el maletero me encontré con un raído y sucio trozo de tela enganchado al tirador de la cerradura del maletero. A pesar de lo mugriento que estaba, pude observar que llevaba unos versos escritos:
Ando y ando.
Si he de caer, que sea
entre los tréboles.
-Camino, camino y me encuentro un higo. ¿Qué tal, amigo? –mascullé sin saber porque, y me eché al bolsillo el trozo de tela, más tarde tendría tiempo de averiguar de donde había salido.
Abrí el maletero y ¡menuda sorpresa! Había un enorme compartimiento lleno de hielo y botellines de coca cola. Entendedme cuando digo botellines, me refiero a botellines de cristal de 33cl. No me refiero a latas, con ese desagradable sabor metálico o a botellitas de esas de plástico (beber en ellas es como chupar una polla con preservativo, no es que yo lo haya hecho, claro, pero ya sabéis a que me refiero). Tampoco me refiero a esos raquíticos botellines de 20cl, incapaces de apagar la sed. El botellín de cristal de 33cl es la única manera civilizada de tomarse una coca cola.
-¡Yu-huu! –exclamé.
-Y eso no es todo –dijo del Oso, el Megane era modelo cinco puertas por lo que al abrir el maletero podías ver el interior del coche y hablar con los ocupantes -. Mira en el compartimento de la rueda de repuesto.
Lo abrí y en lugar de la esperada rueda me encontré con un plato giradiscos.
-¡Genial! ¡Un tocata!
Fue cuestión de un minuto subir al piso y bajar con el “Love you live” de los Stones.
Así que allí íbamos, rodando rumbo a Benidorm, todos con nuestras coca colas fresquitas, nuestras patatas fritas y escuchando a los Rolling Stones…
-¿Por qué no me cuentas algo sobre ti? –preguntó Marie Claire cuando todavía íbamos por “If you can’t rock me / Get off my cloud”.
-Mi temperatura corporal ronda los 37 grados centígrados. –mira que son cotillas las tías, ¿acaso había preguntado yo por qué rayos íbamos a Terra Mítica?
-¡Eh! –se me ocurrió de pronto -¿Por qué rayos vamos a Terra Mítica?
-Digamos que vamos a mezclar placer con trabajo –contestó del Oso –. Cuando estuve, mejor dicho: cuando mi cabeza estuvo congelada en el centro criogénico, como sabéis me encontraba en una especie de trance de suspensión mental. Un estado similar al coma profundo.
-¿Quieres decir como Animal sin café? –preguntó Hardluck.
-Ligeramente más aletargado. Sin embargo tengo algunos recuerdos confusos. Algo extraño estaba pasando allí.
-¿No practicarían necrofilia verdad? –pregunté alarmado –Claro que si sólo conservan las cabezas tendría que ser a la fuerza sexo oral. Y congeladas, ¡cómo si te la chuparan con un par de cubitos en la boca! Eh, Marie Claire, ¿lo has hecho alguna vez? Detrás hay hielo…
El tortazo de Marie Claire me dejó la cabeza retumbando durante un buen rato, así que lamentablemente me perdí el resto de la conversación.
Cuando mi cabeza empezó a terminar de dar vueltas, ya estábamos llegando a Terra Mítica. El Megane se detuvo a la entrada del recinto y Hardluck y yo nos apeamos con sendos pases vip en la mano.
-¡Eh, James, mira! ¡Representan un espectáculo que se llama “Las Meninas Mininas”! ¡Vamos a verlo, seguro que salen gachises jamonas!
-¡Eso de “verlo” lo dirás por ti, cabrón! Yo como no sea en Braille… y no creo que este sea el tipo de sitio donde está permitido. Mejor vamos a investigar lo que ha dicho del Oso.
Como no sabíamos por donde empezar (yo ni siquiera sabía que había que investigar exactamente), y por algún sitio había que hacerlo, decidimos ir probando las atracciones. Nos pusimos en la cola de la montaña rusa.
Cuando ya nos tocaba, el chico encargado de la montaña rusa vio nuestros pases vip.
-Por aquí, por favor, señores. Suban al vagón de celebridades.
Y nos llevó al último vagón, que estaba vacio.
-Eh, James, ¿no te parece extraño que el vagón vip sea el último? –pregunté algo escamado.
James no tuvo tiempo de contestarme. Los vagones salieron disparados en un frenesí de curvas y desniveles. Cuando alcanzamos la máxima velocidad, ocurrió algo completamente delirante. ¡Nuestro vagón se separó del resto! Y para acabar de sumirme en el terror, descubrí que al fondo de la rampa por la que descendíamos en ese momento se habría una misteriosa y oscura trampilla por la que se precipitó nuestro vagón milésimas de segundo después.
Silencio y oscuridad. El vagón, a diferencia de nuestros desbocados corazones, se había detenido. De pronto empezaron a encenderse, uno tras otro, una serie de focos luminosos. Estábamos en una amplia estancia, una especie de almacén secreto. Lleno por todas partes de cajas y extraños artilugios. Distribuidos a lo largo de las paredes de la estancia había diferentes paneles de control, ordenadores, pantallas de radar, etc. A pesar de los focos, en la estancia predominaba la oscuridad. Sólo los rayos de los focos creaban islas de luz en un mar de negrura.
De pronto se oyó una voz.
-Bienvenidos a Palencia.
Y en ese momento se encendió un foco que iluminó a quien estas palabras pronunciaba. ¡Y se trataba nada más y nada menos que de Federico Trillo!
Un segundo después otro foco se encendió, mostrando a su lado la figura de ¡Eduardo Zaplana!
-Que te he dicho que no estamos ni en Palencia ni en Valencia. ¡Que esto es Alicante!
-Manda huevos –murmuró Trillo.
¡Ups! En estos momentos James me llama para ir a tomarnos algo al “Cafetera Oxidada Blues Café”. Mañana termino de contaros lo que nos ocurrió en tan singular compañía.




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