23 diciembre 2005

Navidad Metrosexual

amotoDe pequeño, en el colegio nos enseñaron a plantar un haba entre algodones en un botecito. Luego, en el instituto, ojeé innumerables libros de biología buscando láminas anatómicas del cuerpo humano, especialmente del femenino. Con este amplio bagaje de conocimientos de biología, me fue fácil deducir lo que había pasado: el ADN de mi cabello, con el que los pérfidos Zaplana y Trillo pretendían clonarme, se había combinado con el de un piojo de mis greñas, dando como resultado un monstruo de dos metros de alto por dos de ancho, con la fuerza proporcional de un piojo y mi inteligencia. ¡Había nacido una súper raza!
El bicho destrozó el tanque de clonación, salpicando todo el improvisado laboratorio (en una peluquería de caballeros) del viscoso caldo verde en el que se había gestado.
Trillo y Zaplana gritaron asustados.
-Rápido –dijo Trillo -, ¡al coleóptero!
-Se dice helicóptero, Trillo –le corrigió Zaplana.
-Manda huevos –murmuró como respuesta, a la par que sacando un intercomunicador del bolsillo de la americana daba orden de que el helicóptero los recogiera frente a la peluquería.
Tan rápido se escabulleron que olvidaron desatarme del sillón de peluquería.

El superpiojo se plantó frente a mí, babeando y abriendo y cerrando sus terribles pinzas.
-Hola, pediculito bonito –le dije tratando de amansarlo -. Creo que te llamaré Pincitas.
-Pincitas hambre –contestó el engendro, pasándome una lengua viscosa por mi recién rapado cráneo. ¡Pensaba chuparme la sangre de la cabeza igual que lo hacen los piojos!

Mientras tanto, en la calle un helicóptero se posaba el tiempo justo para que Trillo y Zaplana se subieran a él. En el momento de volver a elevar el vuelo, el piloto se asomó por la ventanilla y mostrándome el dedo medio en un inequívoco gesto, me gritó:
-Ahí te quedas, ¡bobo solemne!
Fue entonces cuando pude reconocer que ¡el piloto era ni más ni menos que Mariano Rajoy!

El piojo estaba a punto de hincarme el diente, y yo me encontraba atado de pies y manos.
-¡Un momento, Pincitas! –le chillé –Ya no eres un simple piojo, eres un superpiojo, tienes una parte humana. ¿Sabes lo que eso significa?
-¿Pincitas alma? –preguntó aturdido.
-Errr… ¡Sí! Y lo más importante, eres un ser civilizado, ya no puedes comer cualquier cosa. ¿No crees que la sangre de mi cerebro estaría mucho más buena con un buen chorrito de tabasco?
-Pincitas gusta tabasco.
-¿Sí? Pues ahí tienes un frasco –le dije señalando con la nariz una botella de una de las baldas de la peluquería.

Pincitas agarró el frasco con una de sus pinzas y vertió el contenido sobre mi cabeza.
-Pincitas agradecer alimentos recibidos –dijo antes de pegar el primer lametón a mi cráneo. Definitivamente aquel monstruo estaba algo tarado.
-¡¡¡UUUAAARGH!!!
Pincitas soltó un alarido abominable al probar el aderezo, ¡se trataba de filvit champú! El clásico remedio contra los piojos. Ahora si que estaba cabreado.
Pincitas se disponía a cercenar mi cuello con sus poderosas pinzas, cuando el helicóptero pilotado por Rajoy, que apenas se había elevado unos pocos metros, ¡se precipitó al suelo!
El aparato cayó y se esclafó como una fruta excesivamente madura, lanzando despedidas innumerables piezas. Con tal suerte que una de las aspas del autogiro atravesó la cristalera del local y ensartó a Pincitas como una brocheta.
-¡Argh! –sollozó el bicho –Muero. Por lo menos Pincitas vida plena. Pincitas vivir rápido, Pincitas bonito cadáver –y con este conmovedor epitafio, cayó de espaldas y literal (y figurativamente) estiró la pata.

En la calle se oyó un frenazo. Un coche conducido por los tipos de Seguridad Nacional se detuvo junto a los restos del helicóptero y ayudaron a salir de los escombros a Trillo, Zaplana y Rajoy.
-Ha sido el terrorismo sandinista, digo… islamista –farfullaba Trillo –Manda huevos.

Ninguno de los tres parecía herido grave, excepto Rajoy, que parecía haberse roto el dedito con el que tan amablemente me había saludado hacía un rato. ¡Se lo tenía bien merecido!
-Caca culo pedo pis –exclamó Rajoy en una muestra más de su dialéctica temible.
Los cinco se subieron al coche y salieron pitando. Me quede sólo, atado a un sillón de peluquería, y con el cadáver de un mutante a mis pies y me invadió una extraña melancolía, o tal vez los efluvios del filvit champú que me chorreaba por la cara me estaban colocando.

La campanilla de la puerta sonó, volví la cabeza y pude ver que un anciano entraba en el local. Aquel tipo debía rondar los noventa años, sin embargo se mantenía en forma, su cuerpo robusto y musculoso, sin un ápice de grasa, se notaba que había sido modelado al cincuenta por ciento en un gimnasio y el otro cincuenta en una clínica de estética.
Una sonrisa bonachona se dibujaba en su cara, liftada y bronceada por rayos uva. Iba embriagadoramente perfumado y repeinado, vestido con llamativa ropa de marca, con pendientes de brillantes y tatuajes tribales en los antebrazos.

-Pero hombre, ¿qué hace atado a una silla? –dijo a la par que abría los cierres de las argollas de mis muñecas y tobillos –Los niños malos se quedan sin juguetes, jojojo.
-Sí, jeje –contesté con una risa falsa mientras me frotaba mis doloridas muñecas -. ¿Y se puede saber quien eres tú?
-Yo soy Papá Noel.

Zaplana, Trillo, Rajoy, Pincitas y ahora Papá Noel… demasiados chiflados en un día.
-Jojojo –rió –, te llamará la atención mi aspecto. He decidido modernizarme, ya estaba harto de ser un viejo gordo y barbudo, y la señora Noel también estaba harta, no se si me entiendes, jojojo. El problema es que con este aspecto no puedo ir a repartir los regalos, el mundo todavía no esta preparado para un Papá Noel metrosexual, jojojo. Por eso había pensado en alguien para que me sustituyera, y creo que el que mejor se ajusta a los cánones de gordura barbuda es un tal Mariano Rajoy. Me parece que anda por aquí, ¿lo has visto?
-Bueno, por aquí estaba, pero la verdad es que acaba de tener un accidente y me parece que van a tener que entablillarle el dedo en esta posición –contesté mostrándole erguido mi dedo medio.
-Jojojo, eso no sería nada apropiado, ni acorde con el espíritu navideño, jojojo. Oye, tu tienes una buena tripa cervecera, y no pareces afeitarte muy a menudo, ¿qué te parecería ser Papá Noel por una noche?

3 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

Estos progres... Cómo son

4/7/06 9:45 AM  
Anonymous Anónimo dijo...

uh... ay...
pffff

qué bien que ya no escribes

2/8/06 5:00 PM  
Blogger Animal dijo...

¿Esas onomatopeyas son por que te están haciendo algún arreglo en el bul mientras escribes? :-?

4/8/06 7:04 PM  

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